Sus parpados parecían querer separarse mientras miraba a su compañera. Con mucha vehemencia le preguntaba "¿¡¿Por qué lo hiciste?!?" una y otra vez, mientras caminaba entre esquina y esquina, bordeando toda la pieza. Intentaba inútilmente elevar sus brazos para agarrarse la nuca y, de alguna manera, poder gritar más fuerte. Acabó por dormirse y pasaron 3 días hasta que volvió a verla. Esta vez, solo quería un favor y ninguna respuesta: "No me dejes solo de vuelta..."
Venía siempre a visitarme. Nunca fue un tema de pena el hacerle sentir la buena energía de una casa. Era infalible: una vez que estaba en la puerta a la espera, mi piel se fruncía mientras vibraba en la alegría. Rutinariamente, entraba y se sentaba en la silla más cercana a la estufa. Sus secuaces miradas me agregaban (sin tener que decirme nada) una tarea que siempre cumplí entre felicidad y bienestar: le llenaba la bandeja hasta rebalsar, y su panza quedaba repleta. Para él, en casa, siempre era cena de Navidad. Finalizada la merienda (siempre le dije merienda, ya que jamás llegaba antes de las 6PM), siempre empezaba a sentirse el clima lúgubre de una tarde falsamente bella que siempre tenía fin. ¿Cual sería la manera sana de hacerle entender que debía irse? ¿Puede alguien sentirse bien tras expulsar a un ser que debe ajustarse diariamente a la vida de la calle? Lamentablemente, la sentencia la dictaba el ser que, en esa etapa de mi vida, fue mi pareja: si de mi dependía, la puerta j...
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